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La sociedad, atrapada entre minorías
Por Joaquín Morales Solá para La Nación
30 de septiembre de 2009
Los Kirchner llegaron al poder entre piquetes y se irán entre esos disturbios. Tal alteración de la normalidad, que hace imprevisible la vida cotidiana del argentino común, es una de las grandes deudas del matrimonio gobernante.

Preocupados como están por ganar con estructuras, con recursos estatales y con pasajeras ventajas institucionales, los Kirchner parecen indiferentes a las claras señales de fastidio de una sociedad ciertamente abrumada.

A su vez, el conflicto laboral no sólo es inexplicable en su dimensión si se lo midiera nada más que con los episodios de la empresa Kraft; es más esotérico aún que el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, haya levantado una reunión con la flamante embajadora norteamericana, Vilma Socorro Martínez, por la simple preo- cupación pública de la diplomática por el curso de los acontecimientos en esa compañía de capitales estadou- nidenses. Tales desplantes son los que luego condenan a los Kirchner a la desconfianza y el aislamiento.

En algún momento de la mañana de ayer, casi todos los accesos a la Capital (y varios lugares de la Capital misma) estuvieron cortados simultáneamente por piquetes de grupos de izquierda. Todos tenían pendientes cuentas laborales, pedidos por puestos de trabajo o reclamos por promesas de mejoras ocupacionales que no se cumplieron.

El conflicto social es cierto y más vasto que el innato optimismo del Indec kirchnerista, aunque también es verdad que hay sectores de la izquierda dispuestos a protestar por cualquier cosa en cualquier momento. ¿O, acaso, algunas de las organizaciones sociales que protestaron ayer no estuvieron también cortando rutas con los ruralistas durante el conflicto del Gobierno con el campo? El piquete es lo único que les sienta bien.

El problema de fondo es que los Kirchner se negaron siempre a hacer valer el papel del Estado como protector del orden público. Primó el criterio fácil de que "no debe reprimirse ni criminalizarse la protesta social"; es decir, ganó la política de no hacer nada.

En el trasfondo, los Kirchner han sospechado siempre de una policía que podría conspirar contra ellos matando piqueteros como quien tira al blanco. Si bien se mira la experiencia internacional, fuerzas policiales en condiciones de ordenar la protesta no han significado necesariamente muerte o sangre.

¿Por qué aceptaron que se castigara, en cambio, al transeúnte común y corriente, cuyos compromisos laborales o de cualquier naturaleza son arrasados por súbitos motines en rutas y calles? El caso de la ruta Panamericana es emblemático de una situación que ha empeorado en lugar de mejorar con la reconstrucción económica del país. Ese acceso clave a la Capital no fue cortado ni en los peores momentos del cataclismo social y económico de 2001 y 2002.

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Hace unos 20 días, las protestas de los trabajadores de la empresa Kraft, en Pacheco, iniciaron los cortes de la Panamericana. No les fue mal; la policía bonaerense y la Gendarmería se ocuparon siempre de desviar el tránsito atascado a lo largo de varios kilómetros. Ayer, los cortes en la Panamericana se hicieron, con otros actores, a la altura de San Isidro, donde la posibilidad de escapar de los automovilistas es casi nula. Bienvenida, entonces, la ruta Panamericana como sancta santorum de la protesta piquetera; siempre habrá una razón laboral, política o vecinal para cortarla.

Anteanoche, en La Plata, se reunieron por separado, por primera vez, todos los protagonistas del conflicto de la empresa Kraft. Habían pasado casi 40 días desde los despidos que descerrajaron el conflicto. ¿El Estado necesitó tanto tiempo para obligar a las partes a dialogar, aunque fuere a través de funcionarios y en habitaciones distintas? No se explica a estas alturas qué hizo en Nueva York, durante una semana de incendios locales, el ministro de Trabajo, Carlos Tomada. El pretexto fue que participó de la asamblea anual de las Naciones Unidas, entre varios funcionarios y legisladores que recibieron premios mediante viajes pagos.

Hubo, es cierto, una reunión de Cristina Kirchner en Pittsburgh con organizaciones sindicales internacionales, pero ese encuentro casi protocolar no podía alejar de Buenos Aires al ministro de Trabajo en medio de semejante clima de excitación laboral. Ayer, Aníbal Fernández levantó a última hora una reunión con la nueva embajadora norteamericana en Buenos Aires luego de que desde las oficinas de ésta se dejara trascender la preocupación y la inquietud del gobierno norteamericano por la situación la empresa Kraft.

Aníbal Fernández se ufanó siempre de llevarse muy bien con los diplomáticos norteamericanos; fue un interlocutor secreto hasta en los momentos de mayor tensión entre los dos países. Su decisión de ayer debió ser el cumplimiento de una orden estricta de sus superiores, los Kirchner. El matrimonio presidencial creyó que había logrado con la embajadora Martínez tener cerca a una diplomática más comprensiva que sus antecesores.

Las ideologías enturbian la mirada. Martínez, una convencida militante de los derechos humanos, no diferirá de ningún otro embajador de su país cuando se trate de defender los intereses de los Estados Unidos. Es la política permanente de cualquier funcionario de Washington, en cualquier momento y lugar.

La Argentina que viene será conflictiva en el plano laboral. Comisiones internas de izquierda o de ultraizquierda están tomando la representación de los trabajadores. Esa es la consecuencia también de una dirigencia gremial fosilizada, indiferente y muchas veces corrupta. Eternos e incombustibles dirigentes gremiales se han ocupado de sus negocios (las obras sociales, sobre todo) y de hacer política, ya sea con Menem, con Duhalde o con Kirchner.

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Rodolfo Daer, el perenne cacique del sindicato de la alimentación, ratificó una y otra vez que nunca estuvo de acuerdo con los métodos de la comisión interna de Kraft, pero no pudo hacer nada más que tirar algunas palabras al viento. Ni siquiera pudo estar junto a la comisión interna de Kraft en las fragmentadas reuniones de anteanoche. Estuvo, pero en otra habitación. ¿Quién controlará el conflicto social en una Argentina con tantas decapitaciones probables o eventuales?

Hay una clara disociación entre el país formal o estructural y el país real que expresó su opinión en junio. Kirchner gobierna sobre viejas estructuras con mucha más fuerza que la escasa fuerza electoral que le va quedando.

La mayoría opositora que ganó las últimas elecciones no se ha hecho cargo de sus puestos todavía y, en algunos casos, oscila entre la fragmentación y la decepción. El vacío que deja la política real lo están ocupando fuerzas de izquierda que sólo pueden ser visibles a través de la rebelión constante. Un inmensa mayoría social parece atrapada y prisionera entre Kirchner y la ultraizquierda, dos conmovedoras minorías.