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"Robin Hood": cine industrial, historia política y leyenda
Con un elenco muy acertado que tiene a Russell Crowe al frente, Ridley Scott cuenta la trastienda política del nacimiento del mito en torno al ladrón más justo
12 de mayo de 2010
Por Sebastián Martínez

Hollywood es, como todo el mundo sabe, una inmensa maquinaria con tantas cabezas que resultaría imposible tratar de sistematizar cuál ha sido su aporte específico al mundo del cine. Porque, hay que decirlo aunque se trate de otra obviedad, el cine no se agota en Hollywood, ni en sus criterios de producción ni en sus variadas apuestas estéticas.

Pero convengamos en que cuando uno piensa en Hollywood lo primero que acude a la conciencia son las superproducciones, las grandes estrellas y el poderoso conglomerado promocional que rodean sus más fulgurantes películas.

Dicho esto, ahora sí podemos hablar de “Robin Hood”, la nueva película de Ridley Scott que llega a las pantallas argentinas. La aclaración sobre la naturaleza de Hollywood era necesaria porque este filme es, para bien y para mal, un producto de la industria americana. Y esto no debe sonar despectivo: es un muy logrado producto de la “factoría de sueños” con sede en California.

A Ridley Scott se le podrán discutir algunos deslices, pero el hombre tiene currículum para defenderse de sobra. “Alien”, “Blade Runner”, “Thelma y Louise”, “Gladiator” y “Red de mentiras” son títulos que pueden darnos un panorama más o menos completo de los talentos y las limitaciones de Scott detrás de las cámaras.

Con “Robin Hood” eligió volver a la épica. Y es un terreno en el que sabe moverse. Para empezar porque es un constructor muy preciso de castings. En este caso, el elenco es casi perfecto. Desde ya que Russell Crowe es el hombre indicado para acometer con los héroes físicos y un poco retraídos de Scott. Y su Robin Hood lo demuestra.

Pero hay más. Y todos lucen ideales en sus papeles: desde la gran Cate Blanchett en su rol de Lady Marion hasta Danny Huston como Ricardo Corazón de León, pasando por Max von Sydow como Sir Loxley, William Hurt como el consejero Marshall, Mark Strong como el villano Godfrey, Kevin Durand como el Pequeño Juan y Mark Addy como el fraile Tuck. Quizás el único punto bajo del casting sea Oscar Isaac en el papel del príncipe Juan Sin Tierra, pero tampoco molesta.

Si el casting es el primer acierto de Scott, el segundo es el enfoque que ha elegido para abordar la historia tantas veces contada sobre el saqueador justo de Sherwood. La trama de este “Robin Hood” no nos cuenta la historia tradicional, sino, en cierto modo, su “precuela”.

El asunto no será cómo era la vida de Robin y sus compinches en el bosque “fuera de la ley”, sino cómo un hábil arquero del ejército inglés que regresaba de las Cruzadas quedó en el centro de una disputa política en la que juegan la muerte de un rey, las ambiciones de un príncipe, la quiebra financiera de Inglaterra tras las Cruzadas, la rebeldía de los señores feudales oprimidos y las ansias de los franceses por conquistar Londres.

De hecho, durante toda la película, el personaje de Russell Crowe será Robin Longstride o (bajo una falsa identidad) Robert Loxley. Sólo en dos oportunidades se lo mencionará como Robin Hood: cuando comete su primer saqueo para favorecer a las víctimas de la opresión y en el final, cuando el arquero pasa a convertirse en leyenda.

Espectacular, épico, contado con pericia, este filme también carga con el costado menos favorecido de Hollywood: previsibles batallas en cámara lenta, personajes simplificados, apelaciones a la libertad como valor supremo en el siglo XII y algunas más. Pero bien se puede decir que si Hollywood hiciese siempre películas como “Robin Hood” podría darse por satisfecho.