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"Mamma Mia": la maldición de ABBA
19 de agosto de 2008
“Mamma Mia” plantea tantas paradojas al espectador, tantas sensaciones encontradas, tanto rechazo y tanta morbosa atracción, que es difícil analizarla con cierto decoro. Tratemos de empezar por los aspectos formales de esta comedia musical. Es decir: describir de qué trata, quiénes actúan, cuáles son sus puntos fuertes, cuáles sus debilidades, etc. Y esperemos que, luego, el asunto se ponga un poco más cristalino para llegar a alguna conclusión.

Lo primero que se destaca en esta película de 110 minutos es su banda de sonido, en la que se infiltra alrededor de una docena de canciones de ABBA, la banda de pop sueco más popular de la historia. Y esto en sí ya es un problema. Porque existe un consenso casi unánime, después de tantos años, en señalar que ABBA fue un símbolo de lo comercial, de lo kitsch, de aquello que nos negamos a incorporar a los cánones del buen gusto. Y sin embargo, sus melodías son tan pegadizas, tan encantadoras... que hay que ser de piedra para no tararear sus grandes éxitos.

Si con la música teníamos un problema, otro tanto se planteará con los actores. Un repaso por los protagónicos alcanza para ponernos en guardia: Meryl Streep, Pierce Brosnan, Stellan Skarsgard, Colin Firth. Con eso ya alcanza para que nos tomemos en serio lo que estamos por ver. No obstante, lo que hacen es tan bizarro, tan extraño, tan indefinible, que realmente no sabemos si lamentarlo por ellos o asumir que los equivocados somos nosotros y declararnos incompetentes para juzgarlos.

Pero para entender esto, hay que empezar por decir qué es “Mamma Mia”. Este filme de la directora Phyllida Lloyd es la adaptación cinematográfica de una comedia musical al estilo Broadway, que alcanzó la fama pocos años atrás y que ahora vio la oportunidad de extender su éxito a las salas de proyección de todo el mundo.

La historia gira en torno a la joven Sophie (interpretada por Amanda Seyfried), quien está a punto de casarse en una isla griega, en la que vive junto a su madre (Streep). El asunto es que la ingenua Sophie ignora quién es su verdadero padre y, escudriñando el diario íntimo de su madre, descubre que sólo hay tres posibilidades: el arquitecto Sam (Brosnan), el escritor y aventurero Bill (Skarsgard) o el ejecutivo Harry (Firth). Todos ellos, veinte años atrás, tuvieron su momento con su madre y alguno de ellos debería ser su progenitor.

Para descubrir sus orígenes, Sophie tiene la curiosa idea de invitar a sus tres potenciales padres a la boda, con la intención de que el indicado la entregue en el altar. Todo esto lo hace, como es de suponer, a escondidas de su madre, una ex cantante pop, que se ha retirado en su isla mediterránea y allí regentea un hostal, alejada ya de los hombres, hasta que los tres galanes llegan para la fiesta.

Toda esta historia, que en este punto recién comienza, va siendo puntuada por las canciones de ABBA, que misteriosamente van encajando en la trama y que aquí son interpretadas por los actores del filme (no todos con la misma suerte y destreza, hay que decirlo: Brosnan debería plantearse la posibilidad de operarse las cuerdas vocales antes de aceptar una propuesta similar).

Ahí tenemos ya, mal que mal, un manual básico para ver “Mamma Mia”. Ahora, digamos para ir cerrando, que hay dos modos de ver esta comedia musical. El primero es aquel que va movido por nuestro intelecto, nuestro poder crítico, nuestra capacidad analítica. Si vemos este filme bajo estos preceptos, rápidamente concluiremos que “Mamma Mia” es una obra que bordea todo el tiempo el abismo del ridículo y que cae en él en dos o tres oportunidades.

Sin embargo, si tuviésemos la posibilidad de dejar nuestro lóbulo frontal en la boletería del cine y simplemente sentarnos en la butaca a dejarnos llevar, es casi seguro que la experiencia de ver “Mamma Mia” no sería en absoluto tortuosa. Y es que todo es tan vacío y llevadero que es físicamente imposible no descubrirse en algún momento de la película moviendo el piecito al ritmo de “Dancing Queen”, “Voulez Vous”, “Take a Chance on Me” o alguna de las horrendas, pegadizas e irresistibles canciones de los cuatro de Suecia.