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"Los pingüinos de papá": Carrey más seis
20 de julio de 2011
Las vacaciones de invierno tienen su propio sistema de estrenos cinematográficos, que altera el disfrutable desorden de la cartelera de las épocas laborables.

Por ejemplo, suelen llegar dos o tres “tanques” de los estudios de animación, y ahí tenemos aún compartiendo pantallas a “Cars 2” y a “Kung Fu Panda”. Es usual asistir al desembarco de algunos filmes destinados a adolescentes, como las actuales secuelas de “Harry Potter” y “Transformers”. Y siempre aparece algún estreno de producción local destinado al público infantil, como la recién estrenada “Hermanitos del fin del mundo”.

Como de costumbre, además asistimos en esta época al lanzamiento de alguna comedia familiar de alguno de los grandes estudios. Y este año fue el turno de “Los pingüinos de papá”, un relato clásico, simplón y pasatista, que descansa en el protagónico de Jim Carrey.

La historia ya la hemos visto otras veces. Se trata de Tom Popper, un hombre divorciado y con hijos, que tuvo una infancia marcada por la distancia con su propio padre y que ahora insume sus días casi exclusivamente en su trabajo. Sus niños lo reclaman, claro. Pero él se mantiene más bien ajeno a las demandas de los hijos y concentra su atención en la vida profesional.

Todo cambia el día en que Popper recibe uno de los regalos más extraños que un hombre pueda recibir: seis pingüinos. Y el remitente no es otro que su propio padre, quien sigue su vida de explorador nómade, especializado en la vida polar.

A partir de entonces, Popper modificará radicalmente su existencia para albergar a los pingüinos en las condiciones que merecen. Pero, más importante aún, las nuevas mascotas lo acercarán de un modo inesperado a sus propios hijos, con los que alumbra la posibilidad de reconstruir una relación que parecía demasiado acotada.

No hay demasiado que pueda criticarse a la película, si se tiene en cuenta cuáles son sus objetivos. Sí, en cambio, pueden fácilmente criticarse esos objetivos: hacer un filme súper convencional, casi sin sorpresas, prolija y un poco ñoña, apta para la digestión del público de más o menos todas las edades.

¿Cómo se mantiene una película así? Bueno, la apuesta de los grandes estudios para este tipo de trabajo es el habitual: contratar una gran estrella y poner sobre sus hombros la responsabilidad del filme. En este caso, ese trabajo queda en manos de Jim Carrey, a quien a esta altura no le cuesta demasiado hacer de sí mismo.

Si bien es cierto que Carrey ha participado de filmes que lo han exigido un poco más como “Número 23”, “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” o “Una pareja despareja”, por lo general suele ser convocado para hacer de Jim Carrey. Y como cobra bien por ese trabajo, el hombre se limita a aceptar papeles de estas características.

Y con poner en torno suyo a actrices solventes como Carla Gugino y Angela Lansbury, y a un director probado como Mark Waters (“Las crónicas de Spiderwick”, “Chicas malas”), alcanza para que cualquier película (mala o buena) termine funcionando.

Que nadie espere sorpresas ni revelaciones de “Los pingüinos de papá”. Que cada uno imagine cómo sería una comedia familiar livianita con Carrey como protagonista y luego decida si quiere verla o no. Porque eso es exactamente lo que va a encontrar.