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Holocausto: la intolerancia y el retroceso de la humanidad
25 de enero de 2008
¿Puede la religión ser el móvil de persecución, tortura y asesinato de una persona? Cuando hace 63 años finalizó la Segunda Guerra Mundial, dos de cada tres judíos europeos habían sido ejecutados, lo que equivale a alrededor de seis millones de personas. Aunque las circunstancias son conocidas por todos, y pese a la negación de una minoría, resulta siempre saludable que la humanidad en su conjunto y cada persona en particular se cuestione cómo fue posible tanto horror.

El 27 de enero se conmemora en todo el mundo el Día Internacional del Holocausto. Al menos, una vez al año, se invita a recordar –volver a pasar por el corazón- la atrocidad de lo que el pueblo judío experimentó en tiempos de persecución nazi. Se trata de un ejercicio de memoria y compasión. Que engloba a todas las sociedades más allá de las diferencias religiosas, raciales, políticas o culturales.

La compasión es para la dimensión religiosa un ejercicio vital que permite ponerse en el lugar de otro y sufrir con él. No como un camino de autoflagelación sino como un espacio compartido para sumar en la búsqueda de la cicatrización de las heridas.

Un “holocausto” es tanto para judíos como cristianos un “sacrificio”. La cultura judeocristiana muestra cómo a través de los siglos su relación con Dios requiere de “holocaustos”, ofrendas u oblaciones. Se establece así, un vínculo de amor que se expresa a partir de una renuncia, una entrega para Dios.

Evidentemente, el genocidio judío a manos de los nazis no constituye en esos términos un sacrificio sino más bien un acto de crueldad difícil de describir. Así, la comunidad judía prefiere referirse a la cuestión en términos de “shoá”, que podría traducirse como “catástrofe”.

De este modo, es posible trazar una lectura que contribuya a contemplar todo lo que fue capaz la humanidad de retroceder y, desde allí, lo que humanamente puede ofrecerse como sacrificio para reparar tanto daño.

La intolerancia, la violencia ejercida contra otros seres humanos por sus diferencias sociales, raciales o religiosas jamás deben ser consideradas alternativas válidas para obtener algún objetivo sino más bien el retroceso de la humanidad, que sólo puede verse superada en plenitud en la medida en que avance en la convivencia pacífica y respetuosa de las diferencias.