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19 de julio de 2019
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Por Federico Baraldo
La madre de todas las batallas institucionales
Las comunicaciones institucionales han pasado etapas comparables con el desarrollo vital. Nacieron a la vida como un requerimiento primario y dirigido fundamentalmente a los públicos internos, transitaron la pubertad respondiendo antes que anticipándose a demandas externas de información y viven la lozanía de la juventud al compás de las sofisticadas herramientas que les ofrece el mundo contemporáneo.
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Su niñez fue de manejo relativamente sencillo. House organs, carteleras, reuniones informativas, etcétera, fueron madurando y adoptando nuevos hábitos, tales como la difundida intranet.

La adolescencia resultó un tanto más complicada, pues hubo que aguzar la imaginación para comunicarse de manera adecuada con los clientes, proveedores, vecinos, autoridades de todo tipo y pelaje, las novedosas ONG’s y la reina del fenómeno comunicacional: la prensa.

Aquí está la madre de las batallas en el ramo.

Su presencia inspira tanto cuanto hace transpirar a más de uno. Y se debe reconocer que en materia de cambios, ninguna puede exhibir tanta variedad ni rapidez.

La tecnología ingresó a tambor batiente y modificó usos y costumbres. Pocas décadas atrás, el individuo y la sociedad en su conjunto profesaban un grado de fidelidad formidable a sus hábitos de consumo informativo. El título del diario que llegaba al hogar no era cambiado salvo por defección de éste y la sintonía radial o televisiva en materia informativa tenía características similares.

Claro, había menos medios. Posiblemente existían más títulos gráficos, pero la radio y la TV se limitaban a un grupo reducido. Hoy el número de diarios es casi el mismo, aunque se multiplican en las webs y las ondas radioeléctricas ofrecen, aún en materia informativa, opciones múltiples.

El impacto informativo llevó al cambio de contenidos. La competencia por aferrar al consumidor de noticias es casi tan despiadada como la que libran los fabricantes de gaseosas y ha provocado la inflación de un carácter de la noticia sobre el cual poco se reflexionaba en tiempos cercanos. La noticia es en sí misma, un espectáculo.

¿Afecta este escenario a las comunicaciones institucionales? Por supuesto. Ya no se trata del desparramo de gacetillas informativas al voleo ni se puede especular con la falta de interés ante un hecho que sería preferible ocultar. Hay que saber escribir, hay que saber presentar la información, hay que seleccionar los mejores medios para cada caso y hay que darle a cada tema el punto de interés suficiente pensando en las audiencias.

Además, nadie debe ilusionarse con que podrá ocultar algo de interés periodístico, pues alguien se ocupará de difundirlo.

En síntesis. Los buenos viejos tiempos del comunicador institucional han pasado a mejor vida. El fenómeno pasó la adolescencia y ya tiene madurez, aunque nada indica que decline.

Por el contrario, se empeña en presentar nuevos desafíos y el especialista se ve obligado a estudiar tanto como cualquier profesional para mantenerse al día.