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Por Luis Majul
Kirchner avanza y nadie tiene la fuerza para detenerlo
7 de septiembre de 2009
(Publicado en el diario El Cronista Comercial)

Néstor Kirchner está convencido de que gana la ‘sangrienta‘ contra Clarín y los medios.

Mientras la oposición se divide entre la necesidad de cambiar una ley de la dictadura y la convicción de que detrás de la movida se esconde un nuevo multimedio oficial con los dueños de Telecom Argentina a la cabeza, el diputado electo avanza en dos direcciones. Una es el recuento de porotos en Diputados y Senadores. La otra es la selección de amigos para repartir, dentro de un año, los canales, las radios y los diarios que deberán ser vendidos por los dueños acusados de dominantes y monopólicos.

¿Argentina necesitaba una ley para ordenar, desconcentrar y limitar las posiciones dominantes de los multimedios? Esto es obvio. Y también lo era cuando Kirchner prorrogó las licencias a los canales y las radios, antes de terminar su gestión, en 2007. ¿El país necesita esta ley urgente que propone el desmesurado ex presidente? De ninguna manera.

Si este gobierno persiguiera solo la desconcentración y el equilibro del mapa de los medios apoyaría el proyecto del diputado nacional Miguel Bonasso, quien los promueve, pero además garantiza la imparcialidad del organismo de aplicación, que nunca debería estar en manos del poder de turno.

Pero la acelerada aprobación de la ley implicará:

n Que sea el propio Kirchner, y nadie más, quien apruebe o desapruebe el ingreso de nuevos dueños para competir contra los medios más o menos independientes y más o menos críticos.

n La incorporación al negocio de medios de las telefónicas, cuyos ‘bolsillos de payaso‘ las convierte en competidoras invencibles para cualquiera, incluido el grupo Clarín.

n Que sea el propio Kirchner, con su lapicera implacable, el que decida también sobre el 33 por ciento correspondiente a las ONG, y la reparta entre sus amigos del campo social, cuyos ejemplos ilustrativos podrían ser Luis D’Elía y Hugo Moyano.

Lo hizo en Santa Cruz, lo hizo mientras fue Presidente y lo termina de hacer también con el negocio del fútbol. Él se siente el único Dueño de la Argentina y maneja el dinero del Estado, las normas y resoluciones, algunos jueces y ciertas leyes sin ningún principio moral o ideológico. Solo con el único objetivo de acumular más poder. O de no perderlo definitivamente.

Su dinámica para controlar todo ya no es un secreto: les promete a quienes pretende dominar la pauta oficial, la transmisión de los mejores partidos del fútbol local, dinero para la obra pública, perdón para las deudas impositivas o subsidios de la más variada naturaleza. La única novedad es que la perfeccionó: ahora ya no firma contratos tan largos; exige lealtad semana tras semana.

Kirchner no está loco. Desde 2003 hasta ahora avanzó con sus ofertas ante hombres y organizaciones dispuestos a recibir beneficios de semejante toma y daca. Sindicalistas, hombres de negocios y también legisladores sin principios éticos sino con una creciente necesidad de conservar sus posiciones para llevarse cada vez más dinero a sus bolsillos.

Nada cambió desde entonces.

El ex presidente lo sabe.

De un lado tiene a los que se dejaron o se dejan tentar. Del otro lado no hay una fuerza moral tan potente como para plantarse y frenarlo.

Por eso ya tiene anotado, en su famoso cuaderno de cuentas de almacenero, que no pasaría más de un mes y medio para que su anhelada Ley de Medios sea aprobada sin grandes cambios. Que, por ejemplo, la mayoría de los legisladores nacionales que responden al Mario Das Neves votarán a favor de sus deseos, a pesar de las críticas públicas del gobernador de Chubut.

Y mientras tanto se divierte, anotando en otro cuaderno distinto, la lista de sindicalistas, cooperativas armadas o por armar, sellos de goma, arribistas, organizaciones sociales y empresarios bajo sospecha dispuestos a participar en la nueva ruleta de los medios.

Otro gran negocio K, disfrazado de batalla para ganarle al último enemigo: los monopolios de la información. Un juego en el que siempre, al final, gana la banca.