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Por José Calero
El dólar, obsesión argentina que le hace ruido al gobierno
11 de septiembre de 2011
Pasaron menos de dos meses desde que Cristina Kirchner dijo algo parecido a que "el que apuesta al dólar pierde", pero el público argentino continúa inclinándose fuerte por comprar billetes "verdes", a tal punto que hizo transpirar en la última semana a la mesa de dinero del Banco Central.

La autoridad monetaria perdió más de 700 millones de dólares en lo que va del mes y recién el viernes pudo frenar la embestida, aunque no se sabe por cuánto tiempo.

Los depósitos bancarios en dólares crecieron 20% en lo que va del año, contra un 15% de los nominados en pesos, una muestra de que la dolarización se está acelerando.

El movimiento en cajas de ahorro en dólares aumentó 50 por ciento en los primeros meses de 2011, y en agosto registró un pico de crecimiento.

Todo condimentado por una salida de capitales que no cede y que ya superó los 12.000 millones de dólares en lo que va del año.

La pregunta surge obvia: qué escenario se da para que una Presidenta que obtuvo poco más del 50 por ciento en las Primarias, cuya popularidad estaría en ascenso y que se encaminaría sin problemas a lograr la reelección, dé un consejo y los tenedores de
dinero le den la espalda.

Por qué si el euro, el real y los bonos atados al Producto Bruto brindan mejores rendimientos que el dólar, la gente se sigue volcando a la divisa estadounidenses.

Y en el mismo sentido: por qué uno de los sectores clave de la economía, el inmobiliario, continúa realizando todas sus operaciones en estricta moneda estadounidense, y ningunea al peso.

Los departamentos se venden y pactan en dólares, y la mayoría de los alquileres también.

En el caso de la construcción, esa modalidad nunca cambió, ni durante la convertibilidad, cuya caída obligó a una pesificación asimétrica que de no haberse aplicado habría provocado episodios de violencia diez veces más feroces que los de diciembre de 2001, porque era muy alto el endeudamiento hipotecario en dólares de la
población y se trataba nada más y nada menos que de la vivienda.

La preferencia de los argentinos por los dólares también impactó en las cuentas del Banco Nación, que debió salir a vender para dar apoyo al BCRA.

Los especialistas coinciden en que para frenar las "minicorridas" sobre el dólar el gobierno debería dar señales contundentes de "correcciones" en el rumbo económico, que la propia Presidenta insinuó en un acto con los industriales.

Pero otros alertan que el vuelco de los pequeños ahorristas al dólar podría resistirse a eventuales medidas, y estaría más vinculado con un sistema de autoprotección innato de los argentinos, que ven como cada día sus ingresos rinden menos como consecuencia de una inflación que la Rosada se niega a admitir.

Así, acostumbrado a utilizar el dólar como reserva de ahorro, millones de argentinos prefieren ahorrar en esa moneda, aunque el euro, el real y los bonos rindan más.

Es que, históricamente, el dólar es el billete que más liquidez tiene en el país: todo el mundo los acepta y los busca, a diferencia de lo que ocurre con otras monedas.

Datos oficiales del BCRA confirman que el 45% de la demanda de dólares proviene de pequeños ahorristas que recurren al billete verde como una "moneda de refugio" en tiempos preelectorales.

La titular del Banco Central dice que la gente se equivoca si cree que habrá fluctuaciones fuertes del dólar después de octubre.

En cambio, admite que se mantendrá el tipo de cambio administrado, aceptando variaciones en su cotización para reducir el margen de especulación. Pero hasta ahora la tendencia es al alza.

Contra las pretensiones del gobierno jugó el hecho de que en el tercer trimestre caiga fuerte la liquidación de divisas de exportación.

Por eso, en lo que va del 2011, el peso ya se devaluó un 6 por ciento, y la expectativa de los cambistas es que cotice a 4,40 pesos -está en 4,24- cuando concluya el 2011.

La lectura que realizan los compradores de dólares estaría vinculada, además, con un razonamiento práctico.

Es que si el peso se devalúa al 8 por ciento anual, los precios se disparan 25 por ciento y el gasto público sube 35 por ciento, algo no cierra y en algún momento se deberá ajustar.

Es un razonamiento práctico, que tiene mucho de sentido común, que para la mayoría -aunque no siempre para los gobiernos- debería ser "el más común de los sentidos".