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Alain Delon, el regreso a la pantalla grande del viejo león
Después de años de silencio, el actor interpreta a Julio César en Asterix en los Juegos Olímpicos, que se estrenará mañana en la cartelera local
7 de enero de 2009
Por Fernando López
Para LA NACION

Cuando tenía 14 años y era todavía un adolescente rebelde, de pasado problemático y tormentoso prontuario escolar, Alain Delon intervino en un cortometraje amateur filmado por un amigo de su padre. Se llamaba El rapto y en él personificaba a un gángster de grandes mostachos que moría en la escena final. Todavía no había decidido si querría ponerse al frente del local de carnicería que su padrastro proyectaba confiarle o si se largaría lejos de ese hogar donde había conocido la discordia, la ruptura familiar y el abandono; mucho menos imaginaba el papel decisivo que la cámara tendría en su futuro. Pero de algún modo, todo lo que Delon sería después en la pantalla ya estaba ahí.

Todo, o casi. Porque en la larga carrera cinematográfica del viejo león que en noviembre cumplió los setenta y tres hubo rostros diferentes: el del adonis romántico que enamoraba a Romy Schneider ( Cristina ), Annie Girardot (Rocco y sus hermanos ), Claudia Cardinale (El gatopardo ) o Jane Fonda ( La jaula del amor ), y, por consiguiente, a la platea femenina entera; el que ejerció muchas veces al mismo tiempo el arte de la seducción y la afición por la aventura ( El Tulipán Negro , Los aventureros ); el que se atrevió a personajes comprometidos con la guía de los grandes directores (Visconti, Melville, Antonioni, Losey, Schloendorff) y, quizá por sobre todos ellos, el del adusto héroe de film noir , hombre de pocas palabras, menos sonrisas y frecuente impermeable que tanto podía estar del lado de la ley o de la vereda opuesta. Pero si se descuenta un título tan olvidable como Yo te amo, Nathalie, que rodó en 1970 al lado de quien había sido su primera esposa y la madre de su hijo mayor, Anthony, prácticamente nunca se introdujo de lleno en la comedia. Hasta ahora. Porque aunque en Asterix en los Juegos Olímpicos (que mañana estrenará Distribution Company) viste las ropas de Julio César y asume su majestuosa autoridad, el tono es paródico y le da pie para tomarse un poco el pelo a sí mismo, por ejemplo, al mencionar algunas de sus películas famosas (Rocco y sus hermanos, El clan siciliano, El samurái) en las líneas de diálogo.

La terapia del teatro
No es que este "lobo solitario" ?como lo definió Jeanne Moreau? haya podido superar del todo el desánimo que en los últimos años lo empujó muchas veces a la depresión. Hace poco, mientras pasaba el fin de año en la estación turística suiza de Crans-Montana al lado de sus hijos menores ?Anouchka, de 18 años, y Alain-Fabien, de 15, frutos de su matrimonio con la modelo holandesa Rosalie van Breemen?, volvió a confesar que hoy sólo ellos lo atan a este mundo: quiere permanecer cerca por lo menos hasta que estén capacitados para afrontar las dificultades de la vida. "Si no ?dijo?, podría partir mañana; ya lo he tenido todo."

Pero recupera la vitalidad y se muestra entusiasta cuando habla del teatro: viene de cosechar un éxito en París con su puesta de Cartas de amor, la conocida pieza de A. R. Gurney que interpretó junto a Anouk Aimée, y se apresta a representar al lado de Anouchka Une journée particulière, una obra que Eric Assous escribió especialmente para ellos. "El teatro ?asegura? es la mejor terapia para no enfermarse, para mantenerse joven. Es distinto cada noche: la calidad de los silencios, las respiraciones? Y si al final la gente se levanta para aplaudir, es la felicidad total."

El teatro y la TV ocuparon en los últimos años el espacio que el cine le negaba, si bien hace poco rechazó la posibilidad de trabajar con Johnnie To porque el guión que el hongkonés le proponía se parecía demasiado al de El samurái.

Después de sus éxitos de los años 60 y 70 ?A pleno sol, El eclipse, El gatopardo, Adiós al amigo, La piscina, El asesinato de Trotsky, El otro señor Klein? y de algún esporádico acierto posterior, Delon había dado por concluida su carrera con Los profesionales, aquella broma entre compinches que compartió hace diez años con su amigo Jean Paul Belmondo; sólo apareció fugazmente en un film de Bertrand Blier, Les acteurs. Pero aceptó sumarse a este tercer capítulo de Asterix porque le gustó el guión y porque lo sorprendió la propuesta, tan alejada de la imagen que el público conserva de él. Aunque según algunos maliciosos, aceptó porque sólo un personaje de la talla de César debe de haberle parecido a la altura de su fama.

La cuestión es que su señorial presencia (dice que se siente muy bien con su actual aspecto de hombre maduro, y tiene razón) se gana un espacio destacado en la nueva aventura del pequeño guerrero galo, que ya no es Christian Clavier, como en las dos primeras películas, sino Clovis Cornillac, y que además del forzudo Obelix de Gérard Depardieu incluye en su elenco algunos rostros conocidos del cine europeo: Santiago Segura, Franck Dubosc, José García, el comediante belga Benoît Poelvoorde (en el papel de un Bruto que es la eterna pesadilla de César) y el recordado Jean Pierre Cassel bajo la larga barba blanca del druida Panorámix, el último personaje que encarnó en el cine.

Pero como se trata de los Juegos Olímpicos ?la historia hace competir a un joven galo contra el inescrupuloso Bruto, pero no por medallas sino por el amor de una princesa griega? se entremezclan en el elenco unas cuantas estrellas del deporte: de Michael Schumacher a Tony Parker y de Amélie Mauresmo a Zinedine Zidane. Que por supuesto lleva un nombre ajustado a las circunstancias: Numerodix.