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16 de agosto de 2017
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Por Leonardo Coscia
El corazón de los niños es un tema de los adultos
El impacto del estrés sobre la salud cardiovascular de los chicos es mayor que sobre los adultos. Por eso a los avances médicos y la promoción de una alimentación más sana y la actividad física, debe sumarse un entorno de cariño adecuado
4 de agosto de 2017
El corazón, ese músculo del cual depende la circulación sanguínea y por lo tanto la vida humana significa en nuestra cultura mucho más. No casualmente su imagen simboliza amor, cariño y amistad, y representa los sentimientos más hondos y más nobles de cada uno.

Pero esta misma cultura suele llevar a relegar a los sentimientos y afectos a cambio de otras preocupaciones supuestamente más “serias”, y a menudo los adultos encargados de proteger y cuidar a los más chicos terminan, sin darse cuenta, transmitiéndoles esa cotidianeidad de estrés y desamor; y eso los afecta más de lo que habitualmente se piensa.

Las situaciones de estrés pueden producir en los niños hipertensión arterial, dolores de cabeza, agotamiento físico, trastornos del sueño, conductas compulsivas (como estar todo el día pegado a los videojuegos o Internet), dolor de pecho y falta de aire, además de afectar sus relaciones sociales y su aprendizaje.

“Uno puede hacer que un chico baje de peso y se alimente mejor, promover que haga ejercicio o llevarlo al médico cada vez que es necesario, pero el amor es lo único que puede hacer que bajen el estrés, que es un factor de riesgo demostradamente potenciador de todos los demás factores de riesgo de enfermedad”, destacó la cardióloga infantil y especialista en hemodinamia Sandra Romero, quien asegura que tanto la práctica clínica como la evidencia científica demuestran sobradamente la relevancia de la contención emocional en la prevención y en el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares en los niños.

Con el objetivo de poner en primer plano esta responsabilidad de los adultos en brindarles a los más chicos cuidado y afecto y estar atentos a sus necesidades, la Federación Argentina de Cardiología (FAC) focaliza bajo el leitmotiv “El corazón de los niños es un tema de los adultos” la Campaña Nacional que lleva adelante durante todo el mes de agosto, dirigida a la prevención de la salud cardiovascular en la población infantil.

Se presentarán una serie de materiales audiovisuales y gráficos de divulgación sobre diferentes aspectos de este tema, entre ellos una adaptación breve de un libro de la Dra. Sandra Romero –Tuc-tuc tuc-tuc: Un corazón feliz – Salud cardiovascular para chicos y grandes–, que trata sobre la prevención cardiovascular de modo integral y con un lenguaje llano y accesible.

El poder sanador de un abrazo

La falta de atención y de cuidado que tanto afecta a los más chicos no consiste simplemente, según la Dra. Romero lo explica, en el caso extremo de “no querer” a los hijos. Más bien tiene que ver con creer que sólo se trata de satisfacer ciertas necesidades materiales para que crezcan sanos física y emocionalmente.

“Hay muchos otros factores que debemos tener en cuenta: no somos cardiovascularmente sanos por comer pescado y brócoli y hacer deportes todos los días solamente, si bien mantener esos hábitos saludables es muy importante”, grafica.

Es que las demostraciones de afecto también son una necesidad material: “Si el niño se siente querido y cuidado, va a querer tener una vida saludable. Esto que parece tan obvio y evidente, no lo es. Pero, ¿cuántas veces al día se les da un abrazo? Porque eso es lo que les calma el estrés, les da confianza y autoestima, y una capacidad de defensa que de otra manera, la criatura no puede adquirir”.

La Dra. Romero, que se desempeña en las provincias de Córdoba (M.P. N°21400), Neuquén (M.P. N°6848) y Río Negro (M.P. N°7126), asegura que estas necesarias muestras de afecto de los adultos con sus hijos no son tan frecuentes, la mayoría de las veces por simple distracción, y que eso cambia cuando los chicos son capaces de expresarse y de pedir, por ejemplo, un simple abrazo: “Es que nadie se resiste a darle un abrazo a un niño, pero en el estrés cotidiano esa necesidad de los chicos se pasa por alto”.

Si las personas adultas no logran ponerle límites a su mundo de estrés y de permanente exigencia, ¿cómo esperar que logre hacerlo un niño? En medio de esa vorágine es fácil perder conciencia de todos los otros ítems que, además de los abrazos, se van “tachando de la lista” de la cotidianeidad familiar, y que sólo los adultos pueden proporcionarles a sus hijos: interesarse por sus actividades y sus sentimientos, conversar, ayudarlos a entender el mundo y a descubrirse a sí mismos, mitigar sus miedos e incertidumbres brindándoles la seguridad que un niño no puede lograr por sí solo sin el apoyo de adultos responsables.

La actividad física bien entendida

“Es necesario dejar de ver a los niños como si fueran adultos en miniatura”, resume por su parte el Dr. Héctor Trungeliti, cardiólogo infantil y especialista en medicina del deporte.

Según Trungeliti, esa peligrosa tendencia a olvidarse de las necesidades específicas de los niños y adolescentes en edad de desarrollo y crecimiento y a transmitirles exigencias del mundo de los adultos puede incluso “contaminar” el ámbito del deporte y la actividad física, fundamentales tanto para el buen desarrollo físico y emocional de los chicos como para su salud cardiovascular presente y futura.

Es que los indudables beneficios de practicar deportes y hacer ejercicios regularmente requieren como condición que se contemplen las particularidades de cada etapa del crecimiento: “Son organismos cambiantes, en desarrollo, y la fisiología de un niño no es estática –explica–. Hay condiciones físicas y psicológicas que deben ser consideradas, especialmente en deportes de alto rendimiento y competencia”. Desde su perspectiva, conviene que las escuelas de formación deportiva y clubes de barrio donde los chicos se inician en la práctica definan bien sus objetivos en cuanto a exigencias y estímulos.

Cada rango de edad tiene sus especificidades: “Hasta los 5 o 6 años de edad, en que se desarrolla la coordinación neuromuscular, lo fundamental es estimular las habilidades motoras, haciendo diversos deportes y no una práctica intensiva de uno en particular. Un buen desarrollo en esta etapa hace que después sea más fácil aprender cualquier tipo de deporte”.

Otra fase sensible del desarrollo psicomotor se da antes de la pubertad, cuando la secreción de testosterona y de hormona del crecimiento le dan la posibilidad a los músculos de incrementar su tamaño: antes de esa etapa, las conexiones entre los músculos y el sistema nervioso recién se están formando, y las actividades intensivas de fuerza pueden ser contraproducentes.

“Los niños tienen que hacer ejercicios de fuerza, pero la tensión allí se logra por reclutamiento de las fibras nerviosas, no por el aumento del tamaño del músculo. Si un entrenador o el padre de un niño de 8 o 9 años quiere que haga ejercicios para aumentar la masa muscular, es muy poco probable que lo logre, porque aún no tiene los niveles hormonales adecuados”, precisó el especialista.


El Dr. Trungeliti recomienda reflexionar sobre los objetivos por los que los padres mandan a sus niños a practicar algún deporte: “Cuando se empieza desde muy chico con las exigencias de la competencia y el alto rendimiento, muchas veces o casi siempre los niños se cansan, quieren dejar de hacerlo y se genera una sensación de fracaso, porque se pasa por alto una cuestión psicológica fundamental, y es que los niños, primero, tienen que jugar”.

En este sentido, hasta la forma de premiación –cuando participan decenas de equipos y sólo uno es premiado, por ejemplo– puede definir ese equilibrio entre lo lúdico y esa exigencia en realidad más propia del mundo adulto que lleva mayormente a la frustración.

Estrés por un soplo

Por la preocupación que suelen provocar en los papás, los soplos cardíacos son otro de los temas incluidos en esta Campaña Nacional de la FAC.

Se trata de ruidos que puede detectar el pediatra en un control clínico habitual, ya sea en el recién nacido o en cualquier momento de la vida. Lo cierto es que los soplos no implican de por sí una patología: “Entre el 80 y el 90 por ciento de ellos son normales, y apenas un 1 % hablan de una cardiopatía, y no necesariamente de gravedad”, explica el cardiólogo infantil Juan Nieto (M.P. N°2380 – San Luis). Y agrega que sólo aproximadamente en la mitad de ese 1% se diagnostica luego una cardiopatía de cierta gravedad, “siempre por algún otro síntoma que no es el soplo”.

Cuando el pediatra descubre un soplo debe derivar al niño a un cardiólogo infantil, lo cual suele alarmar a los padres. Pero en la mayoría de los casos, el electrocardiograma, el eco-Doppler o la radiografía terminan descartando la presencia de una cardiopatía.

“La idea es tranquilizar a los padres, y en caso de que hubiera alguna cardiopatía, hablar de esa cardiopatía en particular, y ver si es necesario hacer un tratamiento o no”, explica el especialista, ex presidente del Comité de Hipertensión Pediátrica de la FAC.

“En la mayoría de los casos –destacó– el soplo diagnosticado durante la infancia será normal, no le impedirá realizar ninguna actividad de niño ni en la vida adulta, y probablemente conviva con ese soplo toda su vida”. No implicará absolutamente ninguna limitación, ni siquiera para el embarazo y el parto que son situaciones de especial exigencia.

Desde el inicio de la vida

En realidad, las cardiopatías congénitas más graves –como la llamada persistencia del ductus– no suelen producir soplo. Por eso son muy difíciles de detectar en el recién nacido, y justamente uno de los mayores avances médicos de los últimos años es la detección precoz de cardiopatías congénitas antes del nacimiento, mediante ecocardiográfia fetal:

“Si la detección se hace a tiempo –idealmente, entre las 19 y las 27 semanas de gestación–, esta técnica permite programar el nacimiento del niño en un centro que tenga todas las condiciones tecnológicas y profesionales para poder tratarlo, con grandes posibilidades de sobrevida”, explica el médico neonatólogo y especialista en cardiología y hemodinamia Felipe Somoza (M.P. N° 11921 - Córdoba).

Estas cardiopatías congénitas afectan a un 1% de los recién nacidos. No producen riesgo antes del nacimiento sino después, pero es más fácil detectarlas antes del nacimiento, razón por la cual en varias provincias es obligatorio el control mediante ecocardiografía fetal a la mujer embarazada.

Aproximadamente la mitad de estos casos requerirá una intervención de alta complejidad (quirúrgica o por cateterismo) antes del primer año de vida, en muchos casos, perinatal, antes del mes.

“Nuestro país es un pilar mundial en el tratamiento de cardiopatías congénitas, por las técnicas que han desarrollado especialistas argentinos y que se utilizan en todo el mundo, y porque tenemos un plan integral para la derivación, traslado y resolución de la cardiopatías –señala el especialista en referencia al Programa SUMAR–, que permite determinar cuál es el mejor lugar para el tratamiento cada vez que aparece un caso, y cuyo funcionamiento ha venido perfeccionándose con el tiempo”.
Programas como este son parte de una responsabilidad de toda la sociedad: la de cuidar la salud de todos; “pero no es posible que nuestra población adulta tenga una buena salud cardiovascular –concluye la Dra. Romero– si no podemos darles una mejor salud y educación a los chicos desde la cuna”.