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15 de octubre de 2019
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Por Sebastián Martínez
"16 calles": Bruce Willis y una fórmula probada
8 de agosto de 2006
Hollywood ha creado un género indefinible de películas basadas en la empatía de sus protagonistas. Se les llama “buddy-movies”, algo que podría ser traducido como películas de “compañeros”, “socios” o, más sencillamente, “parejas”. El truco de estos filmes radica en colocar a dos actores talentosos a interpretar papeles opuestos y darles la oportunidad de lucirse. La trama de fondo es muchas veces lo de menos. Puede ser una comedia, puede ser una propuesta romántica, o puede ser un policial, como en el caso de “16 calles”. Lo único que se requiere es que el argumento obligue a los dos personajes a permanecer juntos, odiándose, comprendiéndose, conociéndose. El desarrollo de esa relación es, más allá de la hojarasca, la película.

Lo que encontramos, entonces, en esta nueva obra del veterano Richard Donner (“Arma Mortal”, “Superman”, “La Profecía”) es una de esas parejas desparejas reunidas por el destino. Como podrá inferirse, el resultado depende en gran medida de la mayor o menor densidad que los protagonistas brinden a sus personajes. Para “16 calles” las elecciones fueron a lo seguro: el archiprobado Bruce Willis y el ascendente Mos Def.

¿Cuál es la excusa para que Willis y Def se paseen irremediablemente juntos por las calles de Nueva York durante más de una hora y media? Bruce Willis es aquí un veterano policía de la Gran Manzana, hastiado de todo, un poco rengo y bastante alcohólico. Sus días pasan de largo entre el aburrimiento, el cinismo y la sensación de que ya no puede encarrilar su vida. Mos Def, a su vez, es un delincuente de poca monta, un ladrón ocasional y poco talentoso. Pero ha visto algo. Algo que compromete a personas importantes.

Como en tantas películas nacidas del riñón de la industria hollywoodense, el argumento puede resumirse en pocas palabras. El policía Jack Mosley (Willis) debe ocuparse de trasladar al ladrón Eddie Bunker (Mos Def) desde la comisaría hasta los tribunales. Son sólo dieciseis cuadras. Por supuesto, habrá gente que intentará impedir que el ladrón llegue al Palacio de Justicia y declare ante el Gran Jurado. No cualquier gente, sino policías, policías corruptos, compañeros del personaje de Willis. Ahí, por fin, comienza la acción.

Bruce Willis, a esta altura, podría hacer estos papeles sin leer el guión. “¿Un policía cínico que busca redimirse? Sí, ya hice cuatro o cinco de ésos en mi carrera”, dice Willis y se desplaza con comodidad a lo largo de los 105 minutos de película. Su personaje es (qué duda cabe) sólido, creíble, humano, aunque siempre nos quede la sensación de que ya lo vimos en otras “cuatro o cinco” películas anteriores.

En cuanto a Mos Def, hay otras sutilezas. Su Eddie Bunker es un simpático y verborrágico (extremadamente verborrágico) producto de Harlem o, quizás, del Bronx. Tiene un mal expediente, pero dice tener ganas de reformarse y montar una pastelería. Es “comprador”, algo chanta. Habla sin parar, a velocidades inusitadas y con un marcado acento afroamericano a lo largo de toda la cinta. Si al espectador le cae bien esta caracterización, el éxito de la película está garantizado. Si le parece excesivo, o sencillamente antipático, que los dioses del celuloide lo amparen.

Detrás de ellos y de las cámaras, está Richard Donner. Una garantía de profesionalismo. Una parte de la historia de Hollywood encarnada. Pero también alguien nacido para ajustarse al molde. A “16 calles”, por lo tanto, no se le debe pedir más de lo que ofrece. La fórmula fue sumar a Bruce Willis, más Mos Def, más Richard Donner. Uno puede imaginar ya cuál es el resultado de esa ecuación. Con esas prevenciones, el filme no decepciona.

Tiene acción, un guión eficaz y, de fondo, la ciudad de Nueva York. Sí, es cierto, nos da la sensación de que esta película ya la vimos. Pero no era una mala película.