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Por Sebastián Martínez
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Por Sebastián Martínez

Cuando comiencen a extinguirse los fuegos artificiales disparados para festejar el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera obtenido por "El secreto de sus ojos", el cine argentino irá lentamente volviendo a su normalidad, donde se dirime día a día entre la inexistencia de una industria fuerte y la pujanza de realizadores con talento.

Resulta, sin embargo, de una precisa justicia poética que sea Juan José Campanella el hombre que tuvo el privilegio de recibir el reconocimiento de la Academia de Hollywood, un cuarto de siglo después de que Luis Puenzo lo hiciese por "La historia oficial".

Y es que los esfuerzos de Puenzo y Campanella, más allá de lo que cada uno opine sobre sus películas, representan algunos de los pocos que se han venido realizando con seriedad en las últimas décadas por cimentar las bases de una industria cinematográfica "en serio" que nunca termina de despuntar.

En los países que poseen fuertes conglomerados económicos montados alrededor del cine (Estados Unidos, India, Hong Kong, Francia) se da un ordenamiento del mercado que oferta una gran cantidad de filmes "comerciales" (algunos excelentes, otros lamentables) y una pequeña dosis de cinematografía independiente, que se encarga de avanzar, de proponer vanguardia, nuevos lenguajes.

En Argentina se da el caso contrario: una enorme cantidad de cine independiente (y aquí nuevamente vale la aclaración: con películas extraordinarias y con bodrios imposibles), mientras que son realmente escasas las posibilidades de acceder a los fondos para realizar películas de presupuesto razonable, que puedan llegar a pisar con fuerza en el circuito comercial.

Con dos millones y medio de espectadores en la Argentina (y los que vendrán luego del Oscar), "El secreto de sus ojos" es un caso paradigmático de filme comercial hecho con prolijidad, talento y respaldo económico (recordemos que Telefé estuvo detrás de la producción).

Ahora que el Oscar está en "casa" y que el equipo de "El secreto de sus ojos" festeja un premio merecido y ganado a pulso contra rivales de gran fuste como la alemana "La cinta blanca" y la francesa "Un profeta", es una buena oportunidad para que los inversores se decidan a respaldar a los Campanella, a los Bielinski, a los Szifrón, a los Lecchi, a los Barone y a todos aquellos que pugnan por un cine que vaya creando una industria a su paso.

Bienvenido sea el Oscar. Y felicitaciones a los ganadores. Pero mañana o pasado, será tiempo de hacer balances y concluir que una buena noticia no alcanza para dotar al cine nacional de la diversidad y potencia que podría desarrollar. Sólo con una industria montada sobre bases firmes, podrán despuntar los Martel, los Perrone, los Alonso, los Llinás, los Caetano y todos aquellos que están sentando las bases de los nuevos lenguajes del cine argentino.