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15 de octubre de 2019
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Por Sebastián Martínez
"La isla siniestra": oda a la paranoia
10 de marzo de 2010
La sinopsis que circula sobre “La isla siniestra” dice más o menos lo siguiente: en 1954, el agente federal Teddy Daniels (Leonardo Di Caprio) y su compañero Chuck (Mark Ruffalo) llegan a una isla en la que funciona una institución dedicada al tratamiento de criminales con desórdenes psiquiátricos, para investigar la desaparición de una paciente.

Luego quedan allí varados y comienza a destejerse una intrincada madeja de verdades, mentiras y sospechas sobre experimentos con pacientes, resabios de los más aberrantes experimentos de los nazis, amén de una serie de terribles tragedias familiares.

Todo eso que allí se plantea es cierto. Y al mismo tiempo, de un modo complejo, falso. Pero en este caso no conviene en absoluto adelantar elemento alguno sobre una trama argumental que pega vueltas en el aire de manera radical, proponiéndonos interpretaciones distintas de su sentido todo el tiempo.

Impedidos de hablar sobre la historia, abordemos otros ejes de “La isla siniestra”. Quizás, uno de los más interesantes temas que rodean esta película es tratar de analizar el rumbo que ha tomado la carrera de esa leyenda viviente del cine americano en que se ha convertido Martin Scorsese.

Sobre gustos, mucho no se puede opinar. Pero pareciera haber, por lo menos, tres Scorsese diferentes. O, para decirlo de otro modo, un Scorsese que ha atravesado tres etapas distintas.

El Scorsese de la década del 70, el de la “era De Niro”, era visceral y conmovedor. “Toro salvaje”, “El rey de la comedia” y “Taxi Driver” están allí para demostrarlo. Luego, en torno a los 80, Scorsese se volvió algo más manierista o más engolado, aunque entregó filmes enormes como “La última tentación de Cristo”, “Casino” o “Buenos muchachos”, junto a otros menos memorables como “Cabo de miedo” o “La edad de la inocencia”,.

Finalmente, Scorsese ingresó en su última etapa (la “era Di Caprio”, se le podría llamar) decidido a demostrar que puede hacer las cosas como quiera, con un estilo algo grandilocuente, con cierta estridencia, pese a que siempre mantuvo su maestría. “Pandillas de Nueva York”, “El aviador”, “Los infiltrados” y, ahora, “La isla siniestra”, son el testimonio del presente de este director enorme.

Hay que aclarar que cuando una película de Scorsese desilusiona, sigue siendo de todos modos una gran película. Pero algo de eso, algo relacionado con la sensación de haber sido estafado, resuena en “La isla siniestra”. Quizás esa sospecha se agigante ante la muy buena hora y media inicial de película, que luego toma otro rumbo.

Uno supone que ese novedoso rumbo que toma el filme en sus minutos finales deslumbrará a algunos y desilusionará a otros. Será una cuestión opinable. En el medio, lo que queda sólidamente establecido es la capacidad de Scorsese para homenajear a gran parte del cine clásico de Hollywood, la solvencia de Di Caprio para llevar adelante sus desafíos y la calidad de los actores que lo rodean, como Ruffalo, Ben Kingsley y el enorme Max Von Sydow.

“La isla siniestra”, que puede ser leída como un gran relato sobre la paranoia que domina la sociedad de los Estados Unidos, atrapa, avanza, sorprende y, finalmente... Aquí cada espectador deberá llenar el casillero vacío y dejar asentada su propia opinión.