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Por Sebastián Martínez
"El libro de los secretos": Apocalipsis ahora
17 de marzo de 2010
Los hermanos Albert y Allen Hughes se ganaron un lugar en cierto espectro de la cinefilia mundial hace unos años, cuando estrenaron "Desde el infierno", en la que daban su versión sobre la mítica historia de Jack El Destripador, con Johnny Depp oficiando de investigador policial en una Londres corrompida e injusta.

Curiosamente, desde aquella película de 2001, los hermanos Hughes no revalidaron sus credenciales y dedicaron su tiempo a hacer trabajos para la televisión, hasta que vislumbraron en "El libro de los secretos" una oportunidad para lanzar su siguiente largometraje. ¿Cómo les fue? Veamos.

La historia que presenta "El libro de los secretos" dice que un hombre solitario llamado Eli (Denzel Washington) atraviesa el paisaje post-apocalíptico de los Estados Unidos, munido únicamente de una mochila, un sable, un reproductor de mp3 y un libro. "El" libro. ¿Para qué recorre los paisajes hostiles de este mundo casi sin vida? Para llevar ese libro hacia el Oeste, donde será bien recibido.

En el medio de su trayecto, que va limpiado de maleantes a fuerza de sablazos veloces y una determinación a prueba de todo, recala en una ciudad (en lo que queda de una ciudad), que es dominada por una suerte de mafioso decadente (Gary Oldman), cuya principal obsesión es apoderarse de "un" libro que le permitirá dominar a la Humanidad (o a lo que queda de la Humanidad).

El peregrino y el mafioso se encuentran, descubren sus mutuas intenciones y allí ya tenemos desatado todo el conflicto de la película. Como cuestiones colaterales aparecerá una mujer ciega sometida por el mafioso y su hija, que decide pasarse de bando y dejar todo atrás.

Supongo que ya hemos contado demasiado de la trama como para profundizar al respecto. Algunos ya se podrán imaginar el curso que tomará la historia, aunque hay alguna que otra sorpresa en este filme distópico, en el que el sol deja ciega a la gente, el agua escasea y el trueque es el único medio de pago.

El mundo luego del fin del mundo es un tema recurrente en el cine de Hollywood. Y "El libro de los secretos" hereda, homenajea o simplemente toma elementos de algunas ilustres antecesoras como "Mad Max 2", "Soy leyenda" o "La carretera".

Pero todo lo presenta entre colores que primero son saturados y luego virados al sepia. Los hermanos Hughes decidieron hacer una apuesta estética radical y el resultado tendrá sus detractores y sus defensores, pero nadie podrá negar que por momentos estamos más atentos al diseño de producción que a la película en sí.

A Denzel Washington es difícil tomarlo a contrapié. No se le conocen derrapes. Y "El libro de los secretos" es otro ejemplo de cómo el hombre está capacitado para casi todo lo que le propongan (a veces brillando y a veces simplemente actuando). En un papel más cercano a la aventura, de ésos que no suele tomar para sí, Washington vuelve a salirse con la suya. No hay nada malo que pueda decirse de lo suyo.

Gary Oldman, en cambio, es un actor que arriesga más. Y eso suele traerle inconvenientes. Su villano es aquí, como casi todo en esta película: saturado, caricaturesco, más propio del universo de los cómics que del cine. Si eso es lo que le pidieron, habrá que hablar con los directores. Pero si se le ocurrió a él solo... debería replantear algunas cosas en su carrera.

"El libro de los secretos" despertará algunas pasiones. Especialmente en aquellos espectadores con predisposición a los relatos religiosos, a las mitologías en las que triunfa el bien, a los mensajes políticamente correctos en favor de los valores tradicionales. En cambio, quienes entren al cine con otra sensibilidad, saldrán con la sensación de haber asistido a la proyección de una película "forzada", un filme que tiene más de pose que de obra, un trabajo que fue hecho para que los directores intentaran lucirse antes que mostrarse genuinamente. Ambos tipos de espectadores quedan advertidos.