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13 de noviembre de 2019
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Por Sebastián Martínez
"Hermanos": las ausencias de la guerra sean unidas
26 de marzo de 2010
Sam es un marine de los Estados Unidos y tiene una vida idílica: una hermosa esposa y dos cariñosas hijas, lo esperan en su casa. Su madre lo quiere y su padre lo considera un ejemplo y un héroe. E incluso tiene una buena relación con su hermano Tommy, la oveja descarriada de la familia que acaba de salir de prisión.

El pobre Tommy no la tiene tan sencilla. Tuvo problemas con la ley, está solo, su padre lo denigra cada vez que puede y tiene dificultades para conseguir un empleo.

Hasta que un día, a Sam lo envían a la guerra de Afganistán, un misil alcanza su helicóptero y cae al vacío. El ejército lo da por muerto y así se lo hace saber a su familia, que queda destrozada por la noticia.

La tragedia de Sam cambiará la vida de Tommy. Desde la desaparición de su hermano, el rebelde de la familia se acercará a su cuñada y a sus sobrinas, y comenzará a construir con ellas una relación de creciente confianza e intimidad. Una relación que parece redundar en beneficio de todos.

Pero todo eso está a punto de cambiar. Para peor. Y allí, cuando la película casi alcanza la mitad de su metraje, empieza a desanudarse el verdadero conflicto de “Hermanos”, esta remake de una película de la directora danesa Susanne Bier que ahora es retomada, para Hollywood, por el irlandés Jim Sheridan (“Mi pie izquierdo”, “En el nombre del padre”).

Hay que decir que hay una evolución de Sheridan en algún sentido (a algunos les gustará y a otros no). Pero esa tendencia al melodrama devastador que era omnipresente en sus anteriores películas, aquí está morigerada. En “Hermanos”, si se quiere, hay un intento de Sheridan por ser más sutil.

De a ratos le sale bien la apuesta (en gran medida gracias a la colaboración de los protagonistas). Pero en otros momentos cae en cierta falta de matices. En especial cuando le toca retratar los momentos de “normalidad” de una familia. Es decir: los momentos de felicidad son demasiado felices, sin dobleces, sin conflictos latentes. Algo falsos, en definitiva.

El mismo problema aparece cuando se mete con el conflicto de Afganistán. Los marines estadounidenses son excesivamente “normales” y cercanos. En cambio, los milicianos afganos son terriblemente planos: crueles, despiadados, monotemáticos (siempre es difícil pedirle a Hollywood que entienda la existencia de la Humanidad más allá de sus fronteras).

Pero, por lo demás, “Hermanos” es un filme para prestarle atención. Natalie Portman está bellísima y contenida, como si hubiese elegido no destacarse. Las luces quedan reservadas para la pareja de hermanos compuesta por Tobey Maguire y Jake Gyllenhaal.

Maguire, a quien ningún director de casting en su sano juicio hubiese elegido para encarnar a un marine, sale del paso con talento. Y Gyllenhaal hace lo que mejor sabe hacer: poner cara de niño bueno e inmaduro, mientras todo se derrumba a su alrededor.

Dicen quienes vieron la versión escandinava de “Hermanos” que era muy superior a ésta llegada desde Hollywood. Es posible. Pero en sus limitaciones (especialmente ideológicas), este filme de Sheridan se las ingenia para no pasar inadvertido con una historia que, al menos, es potencialmente capaz de ser discutida. No es poco.