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Por Sebastián Martínez
"Shrek para siempre": glorias pasadas
7 de julio de 2010
El argumento de “Shrek para siempre” es fácil de contar y, de hecho, alcanza con ver los primeros quince minutos de película para escribir una sinopsis bastante completa.

El mítico ogro verde ha sentado cabeza en un entorno que él debería juzgar paradisíaco. Vive en su pantano, con su esposa Fiona, con sus tres bebés y rodeado por sus amigos, Burro y el Gato con Botas. Sin embargo, la reiteración rutinaria de ese idilio comienza a horadar la felicidad de Shrek. Todos los días iguales, uno detrás del otro, la vida marital, las obligaciones de la paternidad, la pérdida de su antigua ferocidad…

Todo eso va creando una grieta en el ánimo del ogro. Hasta que un día no resiste más, se pelea con Fiona, se pierde en el bosque y se encuentra con el duende Rumpelstiltskin.

Este sujeto, diminuto y avaricioso, ambiciona desde hace años el trono del reino Muy Muy Lejano y endulzará los oídos de Shrek para que firme un pacto mágico: a cambio de un día cualquiera de su vida, el ogro recibirá la posibilidad de volver a sentirse un ser temido e independiente durante las correspondientes 24 horas. Claro que nada sale como estaba planeado y el resto del filme versará sobre los intentos de Shrek para reconquistar su vida perdida.

Ahora bien… ¿Era esta la despedida que se merecía un personaje que ha hecho historia en el cine de animación? “Shrek para siempre” no es, desde ya, una mala película. Algunos críticos han dicho que es la peor que la saga. A otros nos parece que es superior a la tercera, pero claramente menor que las dos primeras.

Quizás, el problema de Shrek (irónicamente basado en el material que otorgan las leyendas y los cuentos infantiles inmortales) es precisamente su mito. El mito creado en torno a la saga del ogro verde.

La historia comienza en 1995, cuando la compañía Pixar se lanza al mercado con “Toy Story” y cambia para siempre el cine contemporáneo. Tres años más tarde llega “Bichos”, pero, casi simultaneamente, Dreamworks Animation se anima a hacerle competencia con “Homiguitaz”. Nacía una rivalidad que parecía destinada a convertirse en un clásico.

Una rivalidad que llegaría a su mejor momento un poco más tarde, cuando ambas compañías pusieron “toda la carne al asador” con los que serían, posiblemente, sus filmes más logrados. Pixar desenfunda “Toy Story 2” en 1999 y Dreamworks contraataca con “Shrek” en 2001. Y, en ese punto, los espectadores disfrutábamos del enfrentamiento. Porque los resultados de la lucha por la supremacía en el cine de animación derivada en filmes extraordinarios. Porque “Shrek”, la primera de la saga, es un filme extraordinario.

Sin embargo, los años pasaron y el clásico fue perdiendo paridad. Pixar se reveló como uno de los centros de creatividad, atrevimiento e innovación más grandes de la historia del cine. Mientras que Dreamworks Animation quedó relegada al lugar de una buena productora de filmes animados, pero con réditos desparejos. Con altas y bajas.

Pero les quedaba “Shrek”, su saga insignia, su estandarte. La segunda parte fue buena, menos sólida que la primera, pero quizás más graciosa. La tercera decepcionó. La cuarta (llegada nada menos que detrás de ese filme impecable que es “Toy Story 3”) apenas cumple. Mike Myers vuelve a probar que sabe lo que hace cuando le pone su voz al ogro, Antonio Banderas ratifica que el Gato con Botas es su mejor papel y Eddie Murphy muestra todo su talento al servicio de Burro.

Pero no hay mucho más. Algunos remates hilarantes, un argumento que no decae pero tampoco atrapa. El resto es vivir de glorias pasadas. Apostar a que el público recuerde aquellos días ya lejanos en que “Shrek” parecía ser una de las ideas más revolucionarias del cine comercial contemporáneo.