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La española medalla de oro con una historia muy especial
Llamó la atención por su atuendo y su estilo particular, pero sobre todo porque Ruth Beitia se coronó en salto en alto a los 37 años. Es diputada
21 de agosto de 2016
Con un estilo poco ortodoxo, un atuendo llamativo a puro rojo y amarillo, anteojos de gama azulada y extraños movimientos de los dedos de sus manos para concentrarse antes de cada salto, la atleta española Ruth Beitia celebró la medalla de oro en salto en alto en Río 2016.

Fisioterapeuta, diputada regional por el Partido Popular en Cantabria, psicóloga recibida y, a los 37 años, flamante campeona olímpica en salto en alto.

Esa es Ruth Beitia, considerada la mejor atleta española de la historia y dueña de una historia singular, tanto que consiguió coronarse en Río de Janeiro por culpa de la insistencia de su entrenador de toda la vida. La cantábrica subió a lo más alto del podio con un salto de 1,97 metros, por delante de la búlgara Mirela Demireva, plata, y de la croata Blanka Vlasic, bronce, ambas con la misma altura que la española, pero peor intervención por acumulación de saltos nulos.

Con 33 años y después de cerrar la campaña olímpica de Londres con un amargo cuarto puesto que la excluyó del podio, Beitía había decidido disfrutar de su tiempo libre escalando, patinando y haciendo deportes al aire libre, alejada de las pistas y de los saltos. Era 2013 cuando Ramón Torralbo, su entrenador, la llamó para volver al trabajo.

“Se me dio por patinar para seguir haciendo ejercicio, pero llegó una temporada de lluvias y él me dijo que por qué no volvía por el estadio cubierto para hacer ejercicio. Le hice caso y no tardé en volver a entrenar y a prepararme para la siguiente competición. Fue una retirada que no fue una retirada”, recordó.

En marzo de 2013, a poco de haber vuelto a entrenarse, se coronaba campeona en el Europeo de Gotemburgo.

"Me engañó, entre comillas, y ¡bendito engaño!", contó. Para ella fue "un regalo" regresar a competir. "Me quité una mochila de piedras", afirmó en referencia a cómo en su regreso recuperó el placer de competir y se sacó la presión. En Río se convirtió en la primera mujer con medalla de oro en la historia del atletismo español.

No casualmente hizo un gran esfuerzo, tras conocer que había ganado el oro, en llegar a la platea del Estadio Olímpico donde estaba precisamente Torralbo para abrazarlo y dedicarle la victoria.

"Ahora quiero tomarme una cerveza fría, o dos, y abrazar a Ramón que ha estado todo este tiempo; la medalla olímpica también es suya porque ha sido consecuencia de nuestro trabajo de 26 años", señaló Beitia. Y sí; la española fue entrenada por Torralbo desde los 11 años.

Se le notaba en el rostro la relajación de quien iba por un bonus track en su carrera. Previo a cada salto, hacía vibrar su mano derecha como buscando cargarla de energía. Y sonreía, siempre, a diferencia de los ceños más fruncidos de la búlgara y la croata que la acompañaron en el podio. Es la menor de cinco hermanos, todos atletas, al igual que sus padres, también apasionados de este deporte -su papá fue juez en Barcelona 92- que llevaban a sus hijos a competir en un Renault 12 familiar.

Entre bromas, su mentor revela que entre sus secretos para llegar plena a los 37 años está "tomar una cervecita después de cada entrenamiento" pero que, en realidad, el gran puntal fue la ausencia de lesiones producto de su constante trabajo preventivo. Así, fue colgándose medallas de los tres metales en cada cita atlética, aunque las más importantes empezaron a llegar en 2012, cuando ganó por primera vez el Europeo (en Helsinki). Repitió el año siguiente en Suecia, en 2014 en Zurich y este año en Amsterdam. Y en 2015 se coronó en la Diamond League.

Mujer de compromiso, es una de las caras más reconocidas en el deporte español y una voz que se alza en defensa de los derechos de su género.

En 2012, el año que la selección de fútbol ganó la segunda Eurocopa consecutiva, los jugadores recibieron una prima de 300.000 euros. Beitia percibió solamente 5.100 euros por su título de campeona continental. Entonces, aprovechó para preguntarse si verdaderamente valía la pena tanto sacrificio para tan poca recompensa. Su mejor salto, de 2,01 metros, lo consiguió para ganar el Europeo de 2014. Y el segundo mejor había sido con dos metros en Londres 2012. Vaya paradoja, en el Juego Olímpico anterior saltó tres centímetros más alto que en Río 2016, y la decepción de aquel cuarto puesto la había llevado a retirarse. Y este sábado, con 1,97 metro, sí se permitió tocar el cielo con las manos.

Extasiada y al grito de "¡somos campeones olímpicos!", Beitia abandonaba el estadio de Río con ganas de tomar una cerveza. "Ya saben, es una por día, aunque a lo mejor hoy caen dos", anunciaba sonriente. Y nada de pensar en Tokio 2020: "No sé lo que me deparará el futuro, pero estar en los Juegos Olímpicos con 41 años, ¡no!", sentenció.