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Por Iván Damianovich
La privatización de Dios
27 de agosto de 2008
La fe en un Ser superior capaz de ordenar e impulsar el movimiento de la creación es un atributo de la mayoría de la sociedad argentina, según la última encuesta elaborada por el Conicet y cuatro universidades nacionales.

Se trata de un estudio científico que midió el grado de religiosidad del pueblo argentino y que arrojó una gran cantidad de datos jugosos que permiten la elaboración de diferentes análisis.

Entre las conclusiones que pueden lanzarse a debate figura la del alto número de argentinos que creen en Dios (el 91,1 por ciento de la población). Esa cifra contrasta fuertemente con el nivel de participación en iglesias o templos (el 78,3 por ciento vive su fe en la casa).

Puede afirmarse, entonces, que la Argentina del siglo XXI, exhibe un claro síntoma de posmodernidad, también en su experiencia de religiosidad. Como en otros aspectos de la vida cotidiana, la fe adquiere un sentido práctico, de rápido acceso y utilidad, privatista y antropocéntrica.

A diferencia de lo que ocurrió en otras épocas de la historia, cuando las sociedades se movilizaban para celebrar la fe en común, la Argentina comienza a correr la misma suerte que países de Europa, donde majestuosas iglesias se muestran desde hace años casi vacías.

Pese a las puntuales referencias anuales que motorizan la religiosidad popular –en Luján, San Cayetano, Itatí, San Nicolás o el Señor y la Virgen del Milagro-, la fe ha comenzado a vivirse puertas adentro, en la intimidad de la casa y, en gran medida, en la intimidad del corazón de cada persona.

Se establece, de esta forma, una disociación con las instituciones que administran la vida de fe y el rito, al tiempo que orientan periódicamente a los fieles en la búsqueda de Dios. Suele ser cada vez más frecuente el criterio personalista de la experiencia tendiente a anular la intercesión de clérigos, pastores o incluso la participación en los sacramentos.

La defensa de un Dios cada vez más personal y menos comunitario conduce, inexorablemente, a la pérdida de una de las dimensiones esenciales de la fe. Además de la experiencia única, personal e intransferible del creyente, se impone la necesidad de compartirlo y vivirlo en una comunidad que acompaña, adhiere y celebra con el otro esa misma fe.

En definitiva, el informe deja en claro que la Argentina no ha perdido su fe en Dios sino que su relación con Él muestra un cambio de hábito en el que inciden, probablemente, el criterio personalista de la vida posmoderna, la concepción capitalista de las sociedades de occidente y un renovado egocentrismo que la aleja de la alternativa de un espacio compartido, donde, al final de cuentas, la existencia de Dios se hace claramente perceptible.