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18 de noviembre de 2017
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Por Iván Damianovich
A 30 años del asesinato de monseñor Romero
23 de marzo de 2010
Mientras en la Argentina de 1980 el 24 de marzo era recordado como la fecha en la que un nuevo orden había sido establecido, en El Salvador, donde también reinaba la represión ilegal y la muerte acechaba en cada esquina, el arzobispo San Salvador, Oscar Arnulfo Romero era asesinado de un balazo en plena misa.

Así, El Salvador escribía una de las páginas más cruentas de su historia, compartida por aquellos años con otros países de una militarizada latinoamérica, donde el atropello de los derechos civiles, el terror y la desaparición de personas se extendían como una letal epidemia regional.

Para monseñor Romero, la acción evangélica radicaba en la opción preferencial por los pobres. Y esos pobres no sólo eran aquellas personas privadas de bienes materiales sino también las víctimas de la escalada de violencia que encontraban tanto en el gobierno militar y sus escuadrones de la muerte como en grupos armados de izquierda.

Su prédica fue al hueso e irritó al punto de perder la vida. Un día antes de que fuera asesinado, el arzobispo hizo un fuerte llamamiento a las fuerzas de seguridad que, analizado tres décadas después, configuran probablemente su sentencia de muerte y, a la vez, su reafirmación como pastor: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión”.

Mientras celebraba la misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia, Romero fue alcanzado por una bala que disparó un francotirador y que impactó en su corazón.

Un hombre que predicó la no violencia y se valió de la condición humana que hermana a un pueblo más allá de toda diferencia era asesinado a manos de una violencia que llevaría mucho tiempo desterrar no sólo en ese país sino también de otros, como la propia Argentina.

Rompiendo un silencio de tres décadas, el único acusado que aún vive, el ex capitán Alvaro Saravia, reveló que el asesinato del arzobispo implicó la contratación de un sicario, al que se le pagó 1.000 colones, unos 400 dólares de la época.

Con el correr de los años, la figura de Romero fue creciendo, convirtiéndose en un hombre de admiración y veneración no sólo para católicos sino también para otras confesiones. En El Vaticano se sustancia el proceso de canonización, que convertiría al asesinado prelado en el primer santo y mártir de El Salvador.

El postulador de la causa para su canonización señaló del asesinado arzobispo una breve referencia: “Romero no era un obispo revolucionario, sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y de los pobres”.

En el martirio de Romero el pueblo reconoce que la violencia, la intolerancia y el desprecio por la vida humana jamás conducirán a nada. Por el contrario, algunas muertes violentas iluminan, paradójicamente, el valor de la condición humana y el sentido de la existencia. Estamos ante uno de esos casos.