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23 de marzo de 2017
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Por Iván Damianovich
¿Dónde está Dios en la tragedia de Haití?
20 de enero de 2010
El terremoto que sacudió la desventurada República de Haití, con decenas de miles de muertos y heridos, encendió entre muchos la existencial pregunta sobre Dios, su existencia, amparo y protección.

En las sangrientas calles de Puerto Príncipe, donde el infierno encuentra similitudes como en pocos lugares de la Tierra, hombres y mujeres, junto a niños repentinamente huérfanos, entonaron cánticos de alabanza a Dios y suplicaron misericordia ante tanto sufrimiento.

Al costado de la destruida catedral, miles de personas llegaron para rezar por mantenerse aún con vida y encomendar al Creador las almas de miles que quedaron esparcidos bajo los escombros.

“Señor, ven a salvarnos”, clamaron haitianos cuya fe parece mantenerse a prueba de toda catástrofe.

Casi en simultáneo, y ante la incomprensión de tanto dolor, surge la pregunta del corazón del hombre: ¿Por qué?

Se trata de un cuestionamiento escuchado incluso en boca del propio Papa Benedicto XVI tiempo atrás, en ocasión de su visita al campo de concentración de Auschwitz.

En aquella oportunidad, el pontífice alemán lanzó "¿Dónde estaba Dios en este momento? ¿Por qué se quedó callado? ¿Cómo pudo permitir esta eterna matanza, el triunfo del mal?".

Para el Papa teólogo, los hombres no pueden "meterse en el misterioso plan de Dios" e intentar comprender tanto mal, sino sólo "pedirle humilde e insistentemente que se levante y no se olvide de la humanidad, su criatura".

Al advertir el horror de Haití en el que conviven huérfanos, ancianos agonizantes en soledad, hombres y mujeres mutilados, probablemente sólo queda el silencio. El límite humano y la esperanza que no desaparece.

Mientras tanto, en el silencio de la incomprensión y el dolor hay muchos que buscan consuelo. Encomiendan a Dios a los que han muerto y a la vez imploran y dan gracias por haber sobrevivido.

Se vuelcan a las calles en absoluta entrega, despojo y fragilidad mientras hombres y mujeres de diferentes confesiones llegan para mitigar algo de dolor.

Los hechos demuestran que, pese a la magnitud de la catástrofe, el terremoto no ha podido con Dios.