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19 de julio de 2019
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Por Iván Damianovich
El hombre que sin buscarlo trajo aire fresco a la Iglesia
Eludió cámaras, rechazó entrevistas y evitó protagonismo. Su austeridad y sencillez lo colocaron en el lugar de mayor exposición del mundo. La paradoja del poder y el mensaje del nuevo tiempo para la Iglesia
14 de marzo de 2013
Jorge Bergoglio cultivó un extremo bajo perfil. Rechazó casi todas las entrevistas que le pidieron. Evitó los lugares de mayor exposición y renegó de las luces. Buscó, en cambio, el encuentro personal. Prescindió de las comodidades que su ascendente carrera eclesiástica podían prodigarle. Recibió a sacerdotes y laicos por igual. Respondió personalmente llamados telefónicos y cartas. Descartó la ayuda de asistentes personales y se mezcló con la gente en el malogrado transporte público porteño. Cocinó su propia comida, visitó cárceles, hospitales y geriátricos.

La austeridad y sencillez de este hombre, que jamás se propuso ser Papa, ha sacudido las estructuras del poder. Sin pretenderlo nunca, llegó al lugar más representativo de la Iglesia católica, el trono del apóstol Pedro.

El mundo vive por estos días profundos cambios. Se tratan de cambios que hasta hace muy poco eran insospechados. Hace pocos días Benedicto XVI sorprendía a la humanidad anunciando su falta de fuerza y, en un gesto de absoluta libertad y lucidez, renunciaba a su pontificado. En las últimas horas el mundo pudo ver también al argentino Bergoglio que, sin buscar la gloria la ha alcanzado. Y su primer gesto ante el pueblo fue pedir la bendición de él.

El ya tradicional “recen por mi” que podía escuchársele al padre Jorge en cuanta ocasión hubiera, se ha convertido ahora en la oración de la Iglesia universal. Obispo y pueblo caminan ahora juntos. Ése ha sido el primer mensaje de Francisco I y constituye el inicio de un momento diferente en la vida de la milenaria institución.

El pobre de Asís, en quien Bergoglio se inspiró para elegir su nombre, llegó en la anquilosada iglesia de la Edad Media para sacudirla y reorientarla en el camino de su única y auténtica misión: conducir a los hombres a Dios, especialmente a los más pobres.

Francisco de Asís, proveniente de una familia adinerada de la época, se despojó de todas las riquezas y llevó una vida de absoluta pobreza. Su vida fue un escándalo que se convirtió en un ejemplo revolucionario para la Iglesia de la época. El trascendental encuentro que mantuvo en San Juan de Letrán con el papa Inocencio III cambiaría para siempre la vida de la Iglesia. De ese modo, el pobre de Asís provocaba un vuelco en la concepción eclesiástica y en la acomodada vida de las jerarquías.

Tiempo atrás, el cardenal Bergoglio expresó que el mayor error de la Iglesia era la autoreferencialidad. Una Iglesia que se mira así misma, enfrascada en sus cuestiones es una iglesia vieja, sin destino. Esa misma visión buscó imprimirle a la Iglesia de Buenos Aires, de la que fue pastor hasta hace unas horas. Al cabo de su trascendente rol en Aparecida, Brasil, en 2007, el cardenal colocó a la arquidiócesis de Buenos Aires en estado de asamblea permanente. Para él, parroquias, religiosos y laicos debían salir al encuentro. Abrir las puertas para que todos entren y acabar con la experiencia pasiva de una iglesia que se mira al ombligo.

Francisco I ha llegado a Roma para abrir también las puertas de la Iglesia universal y es probable que con esa apertura comience a llenarse de aire fresco. Allí están puestos los ojos del mundo y el deseo de miles de católicos que bendicen a su nuevo pastor para que pueda lograrlo.