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18 de octubre de 2019
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Por Iván Damianovich
El enorme desafío de la Iglesia argentina
La elección de Bergoglio como Papa Francisco ha colocado a la Iglesia argentina en un lugar diferente. Un estado en el que todos sus miembros puedan sentirse parte. Los desafíos que vienen
29 de marzo de 2013
Jorge Bergoglio esa ahora Francisco. El padre Jorge que tomaba subtes y colectivos vive ahora en Roma y pese a su cercanía espiritual con Buenos Aires y la Argentina, su misión ahora es universal. Su elección acercó a miles a la fe pero, al mismo tiempo y sin contradicción, alejó a Francisco de su país, su gente y sus afectos. Y aunque tenga influencia y predilección sobre Argentina, el resto del mundo requiere su atención y dedicación.

Así, el desafío está planteado ahora en la conducción de la Iglesia argentina. El pontificado de Francisco será la guía para religiosos y laicos argentinos. En el ministerio petrino que encarna un argentino habrán de nutrirse más que nunca para encarar el camino pastoral en el país. La gran responsabilidad recae sobre las jerarquías eclesiásticas nacionales. Aunque no de modo excluyente, tienen sobre sus espaldas el peso de saber que la religiosidad popular, el sentir religioso, el fervor católico ha reverdecido a la luz de la elección de Francisco.

¿Cómo mantener viva la fe que despierta en el país? ¿De qué modo contribuir a que nuevos fieles se acerquen a la Iglesia? ¿Cómo salir al encuentro de los pobres y llegar a la periferia que propone el Papa? Son algunos de los interrogantes que por estas horas deberían hacerse obispos, sacerdotes, religiosas y laicos.

Se trata de una instancia nueva en la vida de la Iglesia local. Y por eso mismo requerirá de nuevos métodos. Nuevas convocatorias y nuevas herramientas. Se espera de los pastores una capacidad de conducción diferente, a tono con la creciente demanda. Y se espera de los fieles una disposición creciente, en sintonía con el compromiso que va estableciendo el Papa para el resto del mundo.

La altura de las circunstancias, ni más ni menos, ha colocado a la Iglesia argentina en un lugar diferente. Un estado en el que todos los miembros de esa Iglesia puedan sentirse parte. En el que la Iglesia vaya convirtiéndose de jerárquica a ministerial. Un momento de construcción comunitario único que abre la perspectiva de una experiencia religiosa cargada de entusiasmo y promesa de renovación.