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21 de julio de 2019
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Por Iván Damianovich
La novedad de San Francisco ocho siglos después
La vida del santo implicó un faro en plena Edad Media, cuando la opulencia de las jerarquías eclesiásticas tomaban marcada distancia de los principios evangélicos. Su festividad es celebrada cada 4 de octubre
4 de octubre de 2013
Hace 790 años, tras disensos y reinterpretaciones de la propia orden de los Hermanos Menores, Francisco contaba con la regla definitivamente aprobada por el Papa.

Había sido empujado a redactarla. Debió padecer antes las discrepancias internas de un grupo de hombres que no había logrado con los años comprender acabadamente los principios que el santo promovía en su deseo de imitar a Cristo. Tres años más tarde, Francisco tenía 44 años, la salud seriamente deteriorada y los estigmas de Cristo en su cuerpo. El 3 de octubre de 1226 concretó su encuentro con la Hermana Muerte y desde entonces la Iglesia contó entre sus hijos con un hombre que encarnó el mensaje evangélico de un modo conmovedor hasta entregar su vida por amor a Cristo.

Antes de que se cumplieran los dos años de su muerte, el 16 de julio de 1228, Francisco fue proclamado santo y su festividad es celebrada desde entonces cada 4 de octubre.

La vida de Francisco contiene en tan sólo 44 años un compendio de experiencias humanas que lo colocan como modelo de vida y ofrecen a la Iglesia un ejemplo para todos los tiempos.

Su origen acomodado y posterior renuncia a los bienes materiales no sólo causaron en su momento un conflicto familiar y motivo de escándalo para el pequeño pueblo de Asís. En los hechos significó una reorientación para el conjunto de la Iglesia. Implicó un faro en plena Edad Media, cuando la opulencia de las jerarquías eclesiásticas tomaban marcada distancia de los principios evangélicos.

Su despojo y austeridad de vida significaron una denuncia que llegó a gran parte del mundo conocido por entonces. Resonó en Europa y Oriente, ante fieles cristianos y musulmanes, pobres y nobles.

Pero especial implicancia tuvieron sus palabras y acciones puertas adentro de la Iglesia: el espíritu renovador de Francisco atravesó las puertas de San Juan de Letrán y llegó hasta el Papa Inocencio III, quien acabó por aceptar su modo de vida y permitió que la orden proliferara por todo el mundo.

Siglos después el papa argentino Jorge Bergoglio sorprende al mundo desde la cuna donde se forjó el “poverello”. Adoptando su mismo nombre, el Papa Francisco pretende recobrar la fuerza del mensaje que en la pequeña aldea medieval provocó un cambio profundo en la Iglesia y volcó masivamente a fieles al seguimiento de Jesús.

La vigencia de ese mensaje y el compromiso del pontífice permiten aventurar también un camino de regreso a aquellos principios que, en definitiva, ofrecen la novedad de la simpleza, la pobreza y la humildad en la imitación de Cristo. Un sendero que San Francisco atravesó e invitó a recorrer en el medioevo y renueva hoy, en pleno siglo XXI.