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Adiós a un ícono de Hollywood: murió Kirk Douglas
Hizo películas memorables en los '50 y era considerado el último de una camada de gloriosos actores. Tenía 103 años y era el padre de Michael Douglas
6 de febrero de 2020
Gloria de los años dorados de Hollywood, a los 103 años murió Kirk Douglas, que quedó inmortalizado en el celuloide como Espartaco, aunque también supo ponerse en la piel de villanos.
La noticia la dio uno de sus hijos, Michael Douglas: “Es con grandísima tristeza que mis hermanos y yo anunciamos que Kirk Douglas nos ha dejado a la edad de 103 años. Para el mundo era una leyenda, un actor de la época de oro del cine que vivió mucho tiempo en sus años de plata, un activista humanitario cuya dedicación a la justicia indicó un estándar al que todos nosotros podemos aspirar. Pero para nosotros era solo nuestro papá”. El triunfador (1949), Sed de vivir (1956), La patrulla infernal (1957) o Espartaco (1960) fueron algunas de las películas en las que construyó papeles memorables.

Su presencia tenía una intensidad infrecuente. Cuando aparece en una escena, cualquiera fuera el personaje que interprete, el espectador no puede sustraerse a ese rubio con el hoyuelo en el mentón, a su gestualidad, a su mirada.

En lo personal, la vida de Douglas (nació en Nueva York como Issur Danielovitch Demsky en 1916) también estuvo signada por la intensidad y los pequeños milagros.

Si ya es cosa impactante vivir hasta los 100 años, impresiona saber cómo los vivió: infancia pobrísima, una Guerra mundial, dos matrimonios, cuatro hijos (el más famoso es Michael Douglas), la muerte de uno de ellos, 95 películas y una lucha sin tregua con la industria de Hollywood a la que le ganó varios rounds.

Su coqueteo con la muerte fue notable: a último momento decidió no subirse al avión del productor Michael Todd, que se estrelló en el ‘58; su helicóptero chocó con una avioneta en el ’86, murieron dos de sus acompañantes y él fue operado de la columna; en el ‘91 tuvo un infarto cerebral que le paralizó media cara y en 2005 lo operaron de las dos rodillas con pocas expectativas. Contra todo pronóstico, luego recuperó parte del habla y pudo caminar con bastones. De esa pasta estaba hecho Kirk Douglas, un hombre que fue el paradigma del sueño americano (si te caes, no te rindas) por su tenacidad y constancia para triunfar, especialmente porque fue el dueño absoluto de su destino.

Douglas repitió a lo largo de su vida - incluso lo escribió en su autobiografía El hijo del trapero, 1989- que salió adelante porque en su niñez era tan pobre, “estaba tan abajo que no podía bajar más, tenía que subir”.

Sus padres fueron campesinos judíos que llegaron a Nueva York desde Rusia y sobrevivieron vendiendo alimentos y madera en las calles. Douglas tenía 5 años cuando su padre alcohólico dejó la casa y comenzó a trabajar de muy joven en mil cosas.

Después, primaria, secundaria, entrada a la Lawrence University que costeó trabajando como jardinero y finalmente una beca para la Academia Norteamericana de Arte Dramático. A los 23 años, la actuación ya lo había atrapado: debutó en teatro en el ‘41 y, un año después, pasó por el ejército. Ya con su nuevo nombre, en la academia conoció a dos personas clave: una fue su esposa Diana Hill (modelo tapa de Life), con la que tuvo dos hijos, y la otra, la joven actriz Lauren Bacall. Una cosa trae a la otra: Bacall lo recomendó para su primer filme, en el ‘46. Todo lo que siguió a El extraño amor de Martha Ivers fue hacia arriba, por el atrapante, duro, sufrido y traicionero camino al estrellato.

Su actuación en El ídolo de barro (1949), en la que interpreta a un boxeador sin escrúpulos, fue un éxito (fue candidato al Oscar) y marcó el perfil de muchos de sus personajes: cabrones de buen corazón, canallas, impiadosos, atormentados, siempre intensos. Famoso fue el comentario que hizo la periodista Hedda Hopper (una malévola reaccionaria que destruyó varias carreras con sus chismes) tras el batacazo de esa película: “A Douglas la fama se le ha subida a la cabeza. Se ha convertido en un hijo de puta”. En esa época de “caza de brujas” y la dictadura de los grandes estudios, pocos le hubiesen contestado como lo hizo Douglas: “Te equivocas, Edda. Yo siempre he sido un hijo de puta, mucho antes de ser famoso, pero tú nunca lo notaste”.

La fama de maldito, ególatra, cabrón y contradictorio que se forjó dentro del universo de Hollywood corre paralela a la otra, la del hombre inquieto, temperamental, íntegro, generoso, rebelde. Posiblemente todos esos atributos convivían en Douglas hombre. Que también lo hiciesen en los personajes que interpretó el Douglas actor, es extraordinario.

Después del éxito de El ídolo…, trabajó en varias películas para los grandes estudios, se peleó con algunos de sus directores y en 1955 fundó su propia productora Bryna para hacer lo que se le viniera en ganas.

O sea, dinamitó las reglas de Hollywood dentro del mismo Hollywood y no se lo perdonaron: nunca le dieron un Oscar (solo uno honorífico en el ’96), boicotearon algunos de sus proyectos y promovieron su fama de maldito.

Cualquiera hubiera sucumbido a esa especie de dictadura que imponían las grandes productoras, pero no este hijo de judíos que dijo de sí mismo: “Quizá mi carrera, mi éxito, son el fruto de esa ira que llevo dentro de mí”.

Acaso sus interpretaciones también son fruto de esa furia, ya que muchas desprenden esa sensación de peligro y tensión. Cuando el actor Douglas se enoja, la pantalla y el mundo entero tiemblan. En la película Los vikingos, el despiadado Einar, con una cicatriz que le cruza la cara y un ojo blanco, escupe unas palabras: “El sol cruzará el cielo mil veces antes de que él muera…. Y tu desearás mil veces haber muerto antes”. Temible.

En los ‘50, la mejor etapa de la carrera de Douglas, se casó con Anne Duydens (tuvo dos hijos con ella), que lo acompañó hasta su muerte. Fue en esos años (entre el ‘47 y el ‘60) que encarnó esa galería de -así los llamaba él“hijos de puta”, cabrones de buen corazón, antihéroes y atormentados. El mafioso de Retorno al pasado (Jacques Tourneur), el músico torturado de El trompetista (Michael Curtiz), el irascible detective de Brigada 21 (William Wyler), el desalmado periodista de El gran carnaval (Billy Wilder), el despótico productor de cine en Cautivos del mal (Vincent Minnelli), el feroz Einar de Los vikingos (Richard Fleischer), el enloquecido pintor Van Gogh en Sed de vivir (Vincent Minnelli), el alcohólico Doc Holliday en Duelo de titanes (John Sturges), el íntegro coronel de La patrulla infernal (Stanley Kubrick) y el esclavo que se subleva contra Roma en Espartaco (Stanley Kubrick).

La patrulla infernal, escrita por el propio Kubrick en colaboración con el gran escritor de novelas policiales Jim Thompson, contenía un virulento anti-militarismo que no le gustaba a los grandes estudios. Douglas se interesó personalmente en el proyecto, decidió producirlo a través de su compañía y protagonizarlo sin cobrar un dólar. Muchos coinciden en que es el mejor alegato antibelicista en la historia del cine. El segundo gesto de Douglas está relacionado con Espartaco, también dirigido por Kubrick en base a una novela histórica de Howard Fast. Ya se había formado el elenco de grandes actores , pero faltaba el guionista. Douglas se lo confió a Dalton Trumbo, que acababa de salir de la cárcel y era uno de “Los diez de Hollywood” (cineastas y artistas que fueron apresados por comunistas en la caza de brujas del senador McCarthy y con los que nadie quería trabajar). Trumbo lo hizo a escondidas y desde México, donde se había retirado. Contra la opinión de algunos, Douglas incluyó su nombre en los créditos cuando la película se estrenó en 1960. Las “listas negras” se acabaron ese año en Hollywood gracias a ese gesto del “maldito” Douglas.